Por Redacción
Santander, 11 de agosto de 2026.- Carmen Gutiérrez, directora de la Escuela de Cine y Televisión de Cantabria, cuya sede principal se encuentra en Santander, reconoce que “la playa cansa”. Tras pasar unas horas junto al mar, afirma que “no me apetece recoger las cosas de la bolsa de playa sino tumbarme en el sofá”.
Javier Ceballos, especialista en medicina deportiva y antiguo médico del Racing de Santander, quien se encuentra jubilado desde hace unos años y pasa buena parte de sus días jugando a las palas en la arena, atribuye esta sensación de fatiga a tres mecanismos fisiológicos: termorregulación, pérdida de líquidos y trabajo metabólico.
“La gente cree que el cuerpo está descansando, pero está haciendo un trabajo metabólico enorme”, señala Ceballos. Explica que “cuando la temperatura ambiental aumenta, la prioridad del organismo es mantener estable la nuestra alrededor de los 37 grados”. El hipotálamo detecta el exceso de calor y ordena dilatar los vasos sanguíneos superficiales además de activar la sudoración.
Como consecuencia, el cuerpo aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel y hace trabajar más al corazón. “Mientras estamos tumbados en la toalla, el cuerpo está trabajando para no sobrecalentarse”, indica el experto. Añade que “el cuerpo está haciendo compensaciones continuamente: aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel, hace trabajar más al corazón y todo eso termina produciendo sensación de fatiga”.
A esto se suma la deshidratación. “Aunque estés quieto y tumbado, pierdes líquido continuamente por el calor, la brisa y la sudoración. Aunque sea una deshidratación ligera, el corazón tiene que trabajar más y eso también contribuye al cansancio”, detalla Ceballos.
La Clínica Mayo recoge que la exposición a temperaturas elevadas, especialmente con humedad alta, puede favorecer trastornos como calambres musculares, agotamiento por calor y golpe de calor. Entre los síntomas del agotamiento por calor figuran fatiga, mareo, debilidad, dolor de cabeza, náuseas o dificultad para respirar.